Mar 2026
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Buenos días, abuelo
MADRID, otoño de 1934.

El día apenas ha clareado sobre los tejados de Madrid cuando la persiana de Mantequerías Bravo se alza con un traqueteo metálico que resuena en la calle, que huele a café recién tostado.
El abuelo Cruz, con su bata impecable, ha sido el primero en llegar. Dentro, esparce serrín para secar el suelo y llega el repartidor con las botellas de leche fresca.
Coloca con cuidado los bloques de mantequilla sobre el mármol veteado del mostrador. Son piezas grandes, envueltas en papel encerado que brilla bajo la luz amarillenta de las lámparas. Una de ellas es seguro para Embassy, el salón de té que hay a sólo una acera de distancia.
Detrás del mostrador, las estanterías, que llegan hasta el altísimo techo, están llenas de latas de conservas formando murallas de colores apagados; las etiquetas prometen sardinas en aceite, melocotón en almíbar, tomate en conserva, espárragos de Navarra.
A media mañana, el local se llena. Señoras y criadas con sus cestos de mimbre piden la vez para comprar un poco de aceite de oliva a granel, o legumbres que sirven de los grandes sacos; bacalao salado, un trozo de queso y algo de membrillo. Azúcar con suerte, y quizá algo de vino.
Precisamente Bravo había sido antes una bodeguilla y aún huele a veces a barrica vieja.
Las monedas tintinean sobre la piedra blanca antes de que Cruz Bravo las eche al cajón. Al cerrar a mediodía hará algún número en su libreta, en la que anota todo, y echará el cierre para ir a comer a casa. Seguro que hoy tampoco se ha olvidado del encargo que le ha hecho la abuela María Luisa. Una gran cocinera merece los mejores ingredientes que llegan a la tienda.
Los otros tenderos, que llenan con sus colmados las calles del Barrio de Salamanca, le saludan al cruzarse camino de sus casas.
Seguro que no puede imaginar, mientras camina la calle Ayala hacia arriba, que 95 años después seguimos aquí, levantando el cierre metálico para despertar al barrio.
Buenos días, abuelo 
